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Tiempo para mi

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  Hay una hora en la que la ciudad todavía no ha decidido qué quiere ser.    Cuando las aceras huelen a noche vieja y a pan recién hecho al mismo tiempo, y algunos semáforos parpadean en ámbar porque aún no hace falta que nadie obedezca a nadie. Es mi hora. Me la robé hace dos años a una versión de mí que se quedaba en la cama mirando el techo, contando grietas. Ahora me la gasto así: zapatillas, el pelo recogido en una coleta alta, y los auriculares puestos antes de cruzar el portal, porque hay que blindarse antes de salir, no después. La música empieza y la ciudad cambia de idioma. Ya no son bocinas ni obras ni conversaciones ajenas que me rozan sin pedirlo. Son solo capas. Ritmo debajo, mi respiración encima, y entre medias, yo. Entera. Ocupando espacio en una acera que a esta hora me pertenece casi por completo. Corro por la calle con esa extraña sensación de ser invisible y poderosa a la vez. Nadie me mira. O si me miran, no me ven. Y eso, que en otros tiempos me hab...

UN BESO DE BUENAS NOCHES

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Un beso de buenas noches. Ese que te daría si te tuviera cerca: mis labios rozando los tuyos, mi boca saboreando la tuya. Un beso de dulces sueños, de hasta mañana y de hasta ahora, en mis sueños. Cierra los ojos y siente mis labios, mi lengua humedeciendo tu boca. Buenas noches, gentil  caballero. Dulces sueños. Te veo en ellos. @SoniaGama65

Gracias por tu amor infinito

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 Te nombro madre y el tiempo se inclina. Vuelvo a ser niña con las rodillas raspadas de parque, con la tarde enredada en tu voz y un cuento que hacía del miedo algo pequeño. Tú eras hogar antes de saber lo que significaba. Hoy te miro, con la vida bordada en la piel, con esa sonrisa que aún enciende la estancia como si el sol te obedeciera. Y ahora, con casi un siglo latiéndote en los ojos, sigues siendo refugio, luz que no entiende de cansancio.  Y entiendo: hay amores que no envejecen, solo se vuelven eternos. Madre, eres ese lugar al que siempre vuelvo, aunque nunca me haya ido. Y aún así… me faltan años, me falta voz, me falta mundo para agradecerte. @SoniaGama65

Un refugio que no tiene dirección

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 Hay vínculos que no se viven en el día a día,  pero aparecen —con una precisión casi milagrosa—  cuando algo dentro de ti se desordena. No están en la rutina.  No están en los planes.  Pero están. A veces pienso  que no todas las relaciones están hechas para quedarse.  Algunas están hechas para sostener.  Para ofrecer un lugar sin preguntas.  Para acompañar sin ruido.  Para decir, sin decirlo: puedes quedarte un rato aquí . Lo curioso es que ese lugar no tiene dirección.  No hay mapas.  No hay horarios.  No hay promesas.  Y, aun así, siempre sabes cómo llegar. Entras con el frío pegado a la piel,  con la cabeza llena,  con el alma cansada.  Te quitas el abrigo.  Notas el calor de una taza entre las manos.  Respiras.  Y algo —no sabes muy bien qué— empieza a ordenarse. No hay explicaciones pendientes.  No hay urgencia.  A veces ni siquiera hay palabras.  Y, sin embargo...

Cartas que no necesitan piel

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En este nuestro rincón, donde el silencio tiene nombre y la distancia se disfraza de palabra, te espero. No en la carne —que no conoce tu tacto—, sino en esa orilla de letras donde aprendimos a rozarnos sin tocar. Hay días en que tus correos me acarician el alma con más precisión que cualquier mano. Otros, me rozan con la tristeza de lo que no se dice, Como una despedida que aún duda si irse. Nos hemos contado derrotas y alivios, rencores y madrugadas, hemos hecho del correo un cuerpo que respira entre líneas. Tu voz llega como una estación distinta, con primaveras que florecen entre bandejas, y veranos que regresan cálidos de recuerdo. Yo te respondo con palabras que buscan sostener, no poseer, como quien enciende una lámpara en la distancia. Sé que tus frases saben a café y espera, que mi escritura tiembla en tu lectura, y que entre nosotros vive esa llama tranquila que calienta sin quemar. Bella dama, me llamas. Y yo me reconozco en ese título que me inventa, porque solo en tu voz e...

Capítulo VII – París, 1959. El jueves de Rîve Gauche

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 Hay cosas que no se aprenden en ningún entrenamiento. Por ejemplo, cuándo un hombre que acaba de cenar contigo lleva tres horas muerto en el río. Eso lo descubrimos el viernes por la mañana. Pero empecemos por el jueves. * * * El hôtel particulier de Rîve Gauche no tenía nombre en la fachada. Solo una placa de bronce con un número, el 14, y una aldaba en forma de cabeza de león que alguien había pulido esa misma tarde. Lo noté porque todavía brillaba cuando llegamos. Alondra llevaba un abrigo beige, discreto, de esos que no llaman la atención, pero cuestan lo que no te puedes permitir si eres secretaria. Yo reconocía el peso de sus pasos: iba tensa. No de miedo, sino de concentración, que es lo mismo, pero más peligroso. La reunión discreta que Delacourt había mencionado entre copas en el Lutetia existía de verdad. Alondra lo sabía desde aquella noche. El Cuervo también. La pregunta era quién había decidido que ella debía estar allí sin haber sido invitada. Entramos por la puerta ...

VIERNES - Acróstico de fin de semana

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  V—Vencer al reloj por fin I—Ir cansada al gimnasio y volver nueva E—Entre risas olvidar que existió el lunes R—Rendirse al sofá, la manta y tu mano N—No duraré mucho despierta E—El mundo se desvanece y solo quedas tú S—Solo aquí, contigo, el tiempo se detiene ¿Cómo es tu viernes perfecto?

Hoy no puedo, lo dejamos para otro día

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 Laura llevaba media hora mirando el árbol desde la ventana de su estudio sin haber escrito una sola palabra. El estor, a medias. La taza de té, fría. El cursor, parpadeando con esa paciencia irritante que solo tienen las máquinas. Afuera, el viento sacudía las ramas con ganas, como si quisiera arrancarles algo que no terminaban de soltar. Una primavera rara, esa, que no acababa de decidirse entre el frío y el calor. Como ella últimamente. Cogió el móvil. Lo dejó. Lo volvió a coger. Las noticias eran las mismas de siempre: una guerra, otra guerra, un hombre que había matado a su mujer, otro que había matado a sus hijos. Laura lo cerró antes de llegar al final del titular. Había un límite para lo que una persona podía absorber en un domingo por la tarde. Sus amigos tenían planes. Su familia estaba desperdigada por medio mundo. Y ella ahí, con el té frío y el cursor parpadeando. Entonces levantó la vista y vio el cielo. Azul. Limpio. Despejado de una manera casi ofensiva, como si nad...

La costumbre de pensarte — poema de amor íntimo | Sonia G. Marín

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 No quiero perder las buenas costumbres, esas que nacen sin aviso y terminan en latidos. Escribirte… como quien se asoma al borde de algo que no sabe si es recuerdo o principio. Sin motivo y sin embargo con todas las razones escondidas en la punta de los dedos. Saludarte… y en el gesto, rozarte sin tocarte. Pensarte… como se piensa lo que no se olvida, aunque se intente. Buscarte… con esa duda dulce de no saber si encontrarte o dejar que seas tú quien me descubra. Pícara, sí… pero con esa timidez que delata lo que calla. Alegre… como quien juega con fuego y sonríe antes de quemarse. Sorprendida… de lo fácil que es volver a donde nunca te has ido del todo. Y en el fondo… tan en el fondo que casi da miedo decirlo— esto no es solo un “hola”. Es un “estoy aquí…” susurrado bajito, como si pudiera tocarte. Y un “sé que estás allí…” con la certeza de que, de algún modo, también me estás sintiendo. Un beso… (de esos que no se dan en la boca, pero llegan igual) Este poema nació de esa sensa...

¡Feliz día del Padre!

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Capítulo VI – París, 1959

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París me recibió con un suelo amable. El parquet encerado del Hôtel Lutetia amortiguó mis tacones con cortesía, de esas que no hacen ruido, pero se notan en cada paso. Era un salón privado, reservado para encuentros que no necesitaban rótulos ni prensa. Se trataba de una reunión de trabajo, de esos que empiezan tarde y se prolongan lo suficiente como para que nadie tenga prisa. Alondra —Elena Vargas en aquella mesa— ocupaba su lugar con la serenidad de quien sabe que sitio debe ocupar. La espalda recta, las manos tranquilas, la mirada atenta. No había tensión en su cuerpo. No hacía falta. Había venido a trabajar como intérprete de la delegación inglesa. Eso era todo, en un principio. Yo descansaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, atento al pulso que me llegaba desde su pie. Era firme, estable, profesional. París no exigía cautela, permitía respirar. La mesa estaba dispuesta con elegancia discreta: manteles claros, copas alineadas, carpetas cerradas con cuidado. A su alrededor, l...

Volviste

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Volviste Y me odio por ello Jugamos  Y me dejé perder Te odio y te deseo Me atrae tu juego Pero me vuelves loca Vete, déjame Pero quédate cerca Por si duele el camino @SoniaGama65

Capítulo V – Praga, 1959. Las dos verdades

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Nos encontrábamos en el café Slavia.  Dentro, el aire era espeso; una mezcla de café recalentado y humo viejo atrapado en las cortinas hacía difícil respirar hasta que uno se acostumbraba. Alondra lo esperaba junto a la ventana, de espaldas al río. Recta. Serena. Intocable. Yo, Mi Sombra, reposaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, escuchando el murmullo de las cucharillas y el crujir de los periódicos. Afuera, el Moldava arrastraba su corriente gris bajo un cielo inmóvil. Llevábamos tres días en Praga. La misión, según el Cuervo, era simple: contactar con Jan Rádek, periodista del Lidové noviny, sospechoso de traficar con información sobre científicos refugiados en Occidente. La versión oficial decía que Rádek vendía nombres al bloque soviético. La versión no escrita —la que el Cuervo enviaba entre líneas— aseguraba que era él quien filtraba los abusos del propio servicio. Dos verdades.  Y una sola orden: “Eliminar el riesgo.” El Cuervo nunca explicaba a quién considerab...