Tiempo para mi

 

Hay una hora en la que la ciudad todavía no ha decidido qué quiere ser.  Cuando las aceras huelen a noche vieja y a pan recién hecho al mismo tiempo, y algunos semáforos parpadean en ámbar porque aún no hace falta que nadie obedezca a nadie.


Es mi hora.


Me la robé hace dos años a una versión de mí que se quedaba en la cama mirando el techo, contando grietas. Ahora me la gasto así: zapatillas, el pelo recogido en una coleta alta, y los auriculares puestos antes de cruzar el portal, porque hay que blindarse antes de salir, no después.


La música empieza y la ciudad cambia de idioma.


Ya no son bocinas ni obras ni conversaciones ajenas que me rozan sin pedirlo. Son solo capas. Ritmo debajo, mi respiración encima, y entre medias, yo. Entera. Ocupando espacio en una acera que a esta hora me pertenece casi por completo.


Corro por la calle con esa extraña sensación de ser invisible y poderosa a la vez. Nadie me mira. O si me miran, no me ven. Y eso, que en otros tiempos me habría dolido, ahora me parece el mejor de los regalos. Porque hay días en que una necesita ser el árbol que nadie cuenta, el pájaro que cruza el plano sin que la cámara lo siga.


He aprendido tarde —o quizá justo a tiempo— que el cuerpo sabe cosas que la cabeza tarda meses en entender. Que cuando las piernas encuentran su propia cadencia, algo se ordena dentro. No todo. Pero lo suficiente para seguir.


Hay un tramo, entre la fuente de piedra y el paso elevado, donde siempre me pasa algo. No sé explicarlo bien. El sol pega de lado, los edificios se abren un momento y aparece el cielo, ese cielo magnífico de ciudad grande, y yo lo miro sin aminorar el paso y pienso: aquí estoy otro día más. Eso me engrandece y me llena de una extraña felicidad. Y doy gracias porque así sea. 


No echo de menos nada en ese instante.


Lo cual, para alguien que durante mucho tiempo echó de menos hasta lo que nunca tuvo, es casi un milagro.


Los auriculares siguen sonando cuando paro a estirar en el mismo banco  todos los días. 


A esa hora la ciudad ya está en marcha. Veo a una mujer mayor que pasea a un perro diminuto, a un ejecutivo trajeado con su mochila colgada al hombro y a los repartidores de periódicos y de fruta. Nadie mira a nadie. La ciudad ya está despertando de verdad, ya está siendo lo que es, ruidosa e indiferente y llena de vidas que no se tocan.


Bebo agua, recupero el aliento, me paso la mano por la frente y sonrío sin que nadie me lo haya pedido.


Eso también es nuevo en mi. Esta soy yo ahora, una mujer que se dedica tiempo para ella. 

@SoniaGama65


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