Capítulo VII – París, 1959. El jueves de Rîve Gauche
Hay cosas que no se aprenden en ningún entrenamiento. Por ejemplo, cuándo un hombre que acaba de cenar contigo lleva tres horas muerto en el río. Eso lo descubrimos el viernes por la mañana. Pero empecemos por el jueves. * * * El hôtel particulier de Rîve Gauche no tenía nombre en la fachada. Solo una placa de bronce con un número, el 14, y una aldaba en forma de cabeza de león que alguien había pulido esa misma tarde. Lo noté porque todavía brillaba cuando llegamos. Alondra llevaba un abrigo beige, discreto, de esos que no llaman la atención, pero cuestan lo que no te puedes permitir si eres secretaria. Yo reconocía el peso de sus pasos: iba tensa. No de miedo, sino de concentración, que es lo mismo, pero más peligroso. La reunión discreta que Delacourt había mencionado entre copas en el Lutetia existía de verdad. Alondra lo sabía desde aquella noche. El Cuervo también. La pregunta era quién había decidido que ella debía estar allí sin haber sido invitada. Entramos por la puerta ...