Tiempo para mi
Hay una hora en la que la ciudad todavía no ha decidido qué quiere ser. Cuando las aceras huelen a noche vieja y a pan recién hecho al mismo tiempo, y algunos semáforos parpadean en ámbar porque aún no hace falta que nadie obedezca a nadie. Es mi hora. Me la robé hace dos años a una versión de mí que se quedaba en la cama mirando el techo, contando grietas. Ahora me la gasto así: zapatillas, el pelo recogido en una coleta alta, y los auriculares puestos antes de cruzar el portal, porque hay que blindarse antes de salir, no después. La música empieza y la ciudad cambia de idioma. Ya no son bocinas ni obras ni conversaciones ajenas que me rozan sin pedirlo. Son solo capas. Ritmo debajo, mi respiración encima, y entre medias, yo. Entera. Ocupando espacio en una acera que a esta hora me pertenece casi por completo. Corro por la calle con esa extraña sensación de ser invisible y poderosa a la vez. Nadie me mira. O si me miran, no me ven. Y eso, que en otros tiempos me hab...