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Capítulo VI – París, 1959

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París me recibió con un suelo amable. El parquet encerado del Hôtel Lutetia amortiguó mis tacones con cortesía, de esas que no hacen ruido, pero se notan en cada paso. Era un salón privado, reservado para encuentros que no necesitaban rótulos ni prensa. Se trataba de una reunión de trabajo, de esos que empiezan tarde y se prolongan lo suficiente como para que nadie tenga prisa. Alondra —Elena Vargas en aquella mesa— ocupaba su lugar con la serenidad de quien sabe que sitio debe ocupar. La espalda recta, las manos tranquilas, la mirada atenta. No había tensión en su cuerpo. No hacía falta. Había venido a trabajar como intérprete de la delegación inglesa. Eso era todo, en un principio. Yo descansaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, atento al pulso que me llegaba desde su pie. Era firme, estable, profesional. París no exigía cautela, permitía respirar. La mesa estaba dispuesta con elegancia discreta: manteles claros, copas alineadas, carpetas cerradas con cuidado. A su alrededor, l...

Volviste

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Volviste Y me odio por ello Jugamos  Y me dejé perder Te odio y te deseo Me atrae tu juego Pero me vuelves loca Vete, déjame Pero quédate cerca Por si duele el camino @SoniaGama65

Capítulo V – Praga, 1959. Las dos verdades

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Nos encontrábamos en el café Slavia.  Dentro, el aire era espeso; una mezcla de café recalentado y humo viejo atrapado en las cortinas hacía difícil respirar hasta que uno se acostumbraba. Alondra lo esperaba junto a la ventana, de espaldas al río. Recta. Serena. Intocable. Yo, Mi Sombra, reposaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, escuchando el murmullo de las cucharillas y el crujir de los periódicos. Afuera, el Moldava arrastraba su corriente gris bajo un cielo inmóvil. Llevábamos tres días en Praga. La misión, según el Cuervo, era simple: contactar con Jan Rádek, periodista del Lidové noviny, sospechoso de traficar con información sobre científicos refugiados en Occidente. La versión oficial decía que Rádek vendía nombres al bloque soviético. La versión no escrita —la que el Cuervo enviaba entre líneas— aseguraba que era él quien filtraba los abusos del propio servicio. Dos verdades.  Y una sola orden: “Eliminar el riesgo.” El Cuervo nunca explicaba a quién considerab...

6 de enero de 1959 - Un regalo de reyes inesperado

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Madrid amaneció con una luz especial aquel seis de enero. Alegre de una forma contenida, casi tímida, como si la ciudad se permitiera sonreír solo por unas horas. En Chamberí, los niños habían tomado las aceras. Salían de los portales aún con el abrigo mal abrochado, arrastrando muñecas con carritos nuevos, enseñando balones de cuero reluciente, haciendo sonar timbres de bicicletas recién estrenadas. Algún patinete chirriaba al girar, orgulloso de su primer paseo. Las madres los apremiaban hacia la misa de Reyes, pero ellos se resistían, querían que el mundo viera lo que había llegado de Oriente. Alondra caminaba entre ellos. Yo sentía su paso más lento, menos calculado. No había misión, no había consignas. Solo ese ruido limpio de la infancia que no teme ser vista. Sus labios se curvaron en una sonrisa breve, casi sorprendida, como si aquella alegría le recordara algo que había olvidado sin darse cuenta. Por un momento, no fue espía. Fue mujer atravesando una mañana luminosa. Alondra ...

Tregua de fin de año

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A veces, incluso los espías tropiezan con la Navidad. Lo sé porque, aquella noche, la nieve se quedó pegada a mis suelas como si no quisiera soltarla. Madrid relumbraba luces tímidas en las ventanas, y en el barrio de Chamberí los villancicos sonaban apagados, como si alguien los hubiera puesto en sordina para no despertar sospechas. Alondra caminaba deprisa, el abrigo bien cerrado, los guantes de piel ocultando el temblor de sus manos. En el bolso, junto a su pintalabios rojo que siempre se ponía, llevaba un sobre con el sello del Cuervo. Ni en Nochebuena había tregua. Yo sentía el contraste del frío en la calle y el calor de su piel, esa mezcla de prisa y cansancio que se le agarraba al cuerpo cuando el deber y la vida se daban de bruces. Pasamos frente a una pastelería, en el cristal, junto al pan de Cádiz y turrones, un portal de Belén pequeño anunciaba que ya era Navidad. Alondra se detuvo un segundo, apenas un par de respiraciones. Dentro, una familia brindaba con chocolate calie...

Y así es la vida

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Cuando tenía dieciséis años creía que la vida era una película a punto de empezar. Me veía cruzando océanos, enamorándome en estaciones de tren, viviendo aventuras que dejarían cicatrices hermosas. El mundo era enorme, recién estrenado, y yo tenía la arrogancia dulce de quienes creen que todo está por conquistar. Después llegaron los veinte. Llegaron los primeros amores, esos que no se conforman con tocarte: te incendian. Prometían para siempre, pero terminaron como terminan las tormentas: dejando charcos donde antes había fuegos artificiales. Aun así seguí buscando. El gran amor, el definitivo, el que me sostendría en los días nublados y me celebraría en los soleados. Rozando la treintena apareció un hombre que no prometió fuegos artificiales, sino una silla donde descansar. Y lo elegí. No fue un “destino escrito en estrellas”, fue una decisión. Una de esas que te cambia la vida sin hacer ruido. Y la vida pasó. Vinieron los hijos, las noches sin dormir, las facturas que nadie te expli...

El beso que no debía estar ahí - historia de Halloween🕯️

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A veces, los objetos no son inofensivos. A veces, solo esperan que alguien los mire… para recordarles su propósito.   No recordaba haber dejado el cuchillo allí. Estaba sobre la mesa, como si aguardara su turno en un ritual silencioso. El filo reflejaba un beso carmesí, aún fresco, perfecto. Los labios parecían los de una mujer que sabía lo que hacía: sin temblor, sin prisa, solo una despedida marcada con precisión quirúrgica. Alrededor, unas arañas de plástico daban al conjunto un aire de broma —una escenografía de Halloween—, pero algo en la escena no cuadraba. Sus patas negras estaban cubiertas de polvo, como si hubiesen estado allí mucho antes de la decoración.   Como si esperaran a alguien. Él se acercó despacio, observando cómo el reflejo del acero devolvía su rostro dividido: media sonrisa, media sombra. Recordó entonces la llamada anónima, la voz susurrante que le había dicho: “Cuando encuentres el beso, ya será tarde.” Un golpe de aire movió la cortina. Las luces...