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Capítulo VII – París, 1959. El jueves de Rîve Gauche

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 Hay cosas que no se aprenden en ningún entrenamiento. Por ejemplo, cuándo un hombre que acaba de cenar contigo lleva tres horas muerto en el río. Eso lo descubrimos el viernes por la mañana. Pero empecemos por el jueves. * * * El hôtel particulier de Rîve Gauche no tenía nombre en la fachada. Solo una placa de bronce con un número, el 14, y una aldaba en forma de cabeza de león que alguien había pulido esa misma tarde. Lo noté porque todavía brillaba cuando llegamos. Alondra llevaba un abrigo beige, discreto, de esos que no llaman la atención, pero cuestan lo que no te puedes permitir si eres secretaria. Yo reconocía el peso de sus pasos: iba tensa. No de miedo, sino de concentración, que es lo mismo, pero más peligroso. La reunión discreta que Delacourt había mencionado entre copas en el Lutetia existía de verdad. Alondra lo sabía desde aquella noche. El Cuervo también. La pregunta era quién había decidido que ella debía estar allí sin haber sido invitada. Entramos por la puerta ...

VIERNES - Acróstico de fin de semana

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  V—Vencer al reloj por fin I—Ir cansada al gimnasio y volver nueva E—Entre risas olvidar que existió el lunes R—Rendirse al sofá, la manta y tu mano N—No duraré mucho despierta E—El mundo se desvanece y solo quedas tú S—Solo aquí, contigo, el tiempo se detiene ¿Cómo es tu viernes perfecto?

Hoy no puedo, lo dejamos para otro día

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 Laura llevaba media hora mirando el árbol desde la ventana de su estudio sin haber escrito una sola palabra. El estor, a medias. La taza de té, fría. El cursor, parpadeando con esa paciencia irritante que solo tienen las máquinas. Afuera, el viento sacudía las ramas con ganas, como si quisiera arrancarles algo que no terminaban de soltar. Una primavera rara, esa, que no acababa de decidirse entre el frío y el calor. Como ella últimamente. Cogió el móvil. Lo dejó. Lo volvió a coger. Las noticias eran las mismas de siempre: una guerra, otra guerra, un hombre que había matado a su mujer, otro que había matado a sus hijos. Laura lo cerró antes de llegar al final del titular. Había un límite para lo que una persona podía absorber en un domingo por la tarde. Sus amigos tenían planes. Su familia estaba desperdigada por medio mundo. Y ella ahí, con el té frío y el cursor parpadeando. Entonces levantó la vista y vio el cielo. Azul. Limpio. Despejado de una manera casi ofensiva, como si nad...

La costumbre de pensarte — poema de amor íntimo | Sonia G. Marín

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 No quiero perder las buenas costumbres, esas que nacen sin aviso y terminan en latidos. Escribirte… como quien se asoma al borde de algo que no sabe si es recuerdo o principio. Sin motivo y sin embargo con todas las razones escondidas en la punta de los dedos. Saludarte… y en el gesto, rozarte sin tocarte. Pensarte… como se piensa lo que no se olvida, aunque se intente. Buscarte… con esa duda dulce de no saber si encontrarte o dejar que seas tú quien me descubra. Pícara, sí… pero con esa timidez que delata lo que calla. Alegre… como quien juega con fuego y sonríe antes de quemarse. Sorprendida… de lo fácil que es volver a donde nunca te has ido del todo. Y en el fondo… tan en el fondo que casi da miedo decirlo— esto no es solo un “hola”. Es un “estoy aquí…” susurrado bajito, como si pudiera tocarte. Y un “sé que estás allí…” con la certeza de que, de algún modo, también me estás sintiendo. Un beso… (de esos que no se dan en la boca, pero llegan igual) Este poema nació de esa sensa...

¡Feliz día del Padre!

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Capítulo VI – París, 1959

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París me recibió con un suelo amable. El parquet encerado del Hôtel Lutetia amortiguó mis tacones con cortesía, de esas que no hacen ruido, pero se notan en cada paso. Era un salón privado, reservado para encuentros que no necesitaban rótulos ni prensa. Se trataba de una reunión de trabajo, de esos que empiezan tarde y se prolongan lo suficiente como para que nadie tenga prisa. Alondra —Elena Vargas en aquella mesa— ocupaba su lugar con la serenidad de quien sabe que sitio debe ocupar. La espalda recta, las manos tranquilas, la mirada atenta. No había tensión en su cuerpo. No hacía falta. Había venido a trabajar como intérprete de la delegación inglesa. Eso era todo, en un principio. Yo descansaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, atento al pulso que me llegaba desde su pie. Era firme, estable, profesional. París no exigía cautela, permitía respirar. La mesa estaba dispuesta con elegancia discreta: manteles claros, copas alineadas, carpetas cerradas con cuidado. A su alrededor, l...

Volviste

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Volviste Y me odio por ello Jugamos  Y me dejé perder Te odio y te deseo Me atrae tu juego Pero me vuelves loca Vete, déjame Pero quédate cerca Por si duele el camino @SoniaGama65