Un refugio que no tiene dirección
Hay vínculos que no se viven en el día a día, pero aparecen —con una precisión casi milagrosa— cuando algo dentro de ti se desordena. No están en la rutina. No están en los planes. Pero están. A veces pienso que no todas las relaciones están hechas para quedarse. Algunas están hechas para sostener. Para ofrecer un lugar sin preguntas. Para acompañar sin ruido. Para decir, sin decirlo: puedes quedarte un rato aquí . Lo curioso es que ese lugar no tiene dirección. No hay mapas. No hay horarios. No hay promesas. Y, aun así, siempre sabes cómo llegar. Entras con el frío pegado a la piel, con la cabeza llena, con el alma cansada. Te quitas el abrigo. Notas el calor de una taza entre las manos. Respiras. Y algo —no sabes muy bien qué— empieza a ordenarse. No hay explicaciones pendientes. No hay urgencia. A veces ni siquiera hay palabras. Y, sin embargo...