Capítulo V – Praga, 1959. Las dos verdades
Nos encontrábamos en el café Slavia. Dentro, el aire era espeso; una mezcla de café recalentado y humo viejo atrapado en las cortinas hacía difícil respirar hasta que uno se acostumbraba. Alondra lo esperaba junto a la ventana, de espaldas al río. Recta. Serena. Intocable. Yo, Mi Sombra, reposaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, escuchando el murmullo de las cucharillas y el crujir de los periódicos. Afuera, el Moldava arrastraba su corriente gris bajo un cielo inmóvil. Llevábamos tres días en Praga. La misión, según el Cuervo, era simple: contactar con Jan Rádek, periodista del Lidové noviny, sospechoso de traficar con información sobre científicos refugiados en Occidente. La versión oficial decía que Rádek vendía nombres al bloque soviético. La versión no escrita —la que el Cuervo enviaba entre líneas— aseguraba que era él quien filtraba los abusos del propio servicio. Dos verdades. Y una sola orden: “Eliminar el riesgo.” El Cuervo nunca explicaba a quién considerab...