Capítulo V – Praga, 1959. Las dos verdades

Nos encontrábamos en el café Slavia. Dentro, el aire era espeso; una mezcla de café recalentado y humo viejo atrapado en las cortinas hacía difícil respirar hasta que uno se acostumbraba.

Alondra lo esperaba junto a la ventana, de espaldas al río. Recta. Serena. Intocable.
Yo, Mi Sombra, reposaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, escuchando el murmullo de las cucharillas y el crujir de los periódicos. Afuera, el Moldava arrastraba su corriente gris bajo un cielo inmóvil.
Llevábamos tres días en Praga.
La misión, según el Cuervo, era simple: contactar con Jan Rádek, periodista del Lidové noviny, sospechoso de traficar con información sobre científicos refugiados en Occidente.
La versión oficial decía que Rádek vendía nombres al bloque soviético.
La versión no escrita —la que el Cuervo enviaba entre líneas— aseguraba que era él quien filtraba los abusos del propio servicio.
Dos verdades. Y una sola orden: “Eliminar el riesgo.”
El Cuervo nunca explicaba a quién consideraba riesgo. Ese era su verdadero poder.
Alondra había pasado las últimas noches vigilando sus pasos desde las calles heladas del barrio judío, mezclándose entre estudiantes y soldados, aprendiendo su ritmo.
Esa mañana decidió escucharlo.
Desde aquella advertencia de Lennox en Londres —cuando rompió el protocolo para salvarla y le hizo comprender que obedecer no siempre era lo mismo que ser leal—, Alondra decidió no ejecutar órdenes a ciegas. Primero escucharía. Después decidría.
Rádek llegó puntual, con un abrigo deshilachado y una carpeta bajo el brazo. No parecía un traidor. Parecía cansado.
Llegó humeando uno de esos cigarros fuertes y baratos. Un Sparta que nunca parecía terminar; aún no apagaba uno y ya encendía otro, como si el fuego le sostuviera los nervios.
Traía los dedos amarillos, teñidos de nicotina vieja, y el pulso le temblaba apenas al llevarse el cigarro a la boca. Parecía no fumar por gusto: sino mas bien por miedo.
Antes de cruzar la puerta del café comprobó el reflejo del cristal. Luego la esquina. Después la acera de enfrente. Había controlado tres puntos. Ese era el ritual de quien se sabe vigilado.
Se sentó frente a ella sin saludar. Aplastó la colilla en el cenicero y encendió otro Sparta con la llama del anterior.
—No mire atrás —murmuró, sin levantar la vista—. Si me han seguido, ya están dentro.
Pidió un café. Solo entonces se atrevió a hablar.
—Así que usted es la intérprete española —dijo, con una sonrisa casi irónica—. No esperaba que el Cuervo usara mensajeras con rostro humano.
Alondra sostuvo su mirada.
—Ni yo que los periodistas sigan creyendo en la verdad.
Él sonrió apenas.
—No crea. Ya nadie lo hace. Solo escribimos para que no se nos olvide quiénes fuimos.
El camarero dejó dos tazas humeantes.
Yo sentí cómo el cuero se tensaba en su pie: era la señal.
El contacto debía terminar en minutos. El tren nocturno a Viena la esperaría con el resultado.
Rádek abrió su carpeta. Dentro había fotografías borrosas, recortes, listas de nombres.
—Esto es lo que ustedes llaman amenaza —susurró—. Hombres y mujeres que ayudaron a cruzar la frontera a los suyos. Y ahora el Cuervo los quiere borrar.
Alondra no respondió. Sus ojos se detuvieron en una de las fotografías en la que aparecía una mujer con un abrigo idéntico al suyo, en un andén cubierto de nieve.
—¿Y si todo esto fuera una trampa? —preguntó Alondra.
—Toda verdad lo es —replicó él—. Solo cambia quién la cuenta.
Un silencio largo se instaló entre los dos. Afuera, la nieve empezó a caer.
Alondra dejó un billete sobre la mesa.
—Gracias, señor Rádek. Le aconsejo no volver aquí mañana.
Cuando se levantó, yo supe que había elegido.
No eludió la orden: la torció lo justo para poder seguir mirándose al espejo.
Esa noche entregó la información al contacto del Cuervo, pero el verdadero documento —las pruebas de Rádek— lo ocultó en mi tacón izquierdo, el hueco más antiguo, el más seguro.
En la estación, el tren rugía bajo la nevada. Ella encendió un cigarrillo y observó su reflejo en el cristal.
El rostro que vi no era el de una espía, ni el de una traidora: era el de alguien que empezaba a elegir su propia lealtad.
El silbato del jefe de estación cortó el aire. Alondra subió al vagón sin mirar atrás.
En el andén, a contraluz, una figura observaba la partida.
No pude ver su rostro, pero supe quién era.
Lennox.
La sombra del MI5, siempre un paso detrás.
No sabía si estaba allí para salvarla… o para asegurarse de que no cruzara otra línea.
El tren se alejó hacia Viena y yo sentí su pulso templarse.
Por primera vez, Alondra no obedecía al Cuervo.
Obedecía a su conciencia.
—Las verdades —susurró— solo sirven si se dicen a medias.
Yo guardé ese murmullo entre mis costuras, como una oración rota.
Porque el peligro, al fin y al cabo, no estaba en mentir…sino en empezar a pensar por cuenta propia.

@SoniaGama65






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