Un refugio que no tiene dirección
Hay vínculos que no se viven en el día a día,
pero aparecen —con una precisión casi milagrosa—
cuando algo dentro de ti se desordena.
No están en la rutina.
No están en los planes.
Pero están.
A veces pienso
que no todas las relaciones están hechas para quedarse.
Algunas están hechas para sostener.
Para ofrecer un lugar sin preguntas.
Para acompañar sin ruido.
Para decir, sin decirlo: puedes quedarte un rato aquí.
Lo curioso es que ese lugar no tiene dirección.
No hay mapas.
No hay horarios.
No hay promesas.
Y, aun así, siempre sabes cómo llegar.
Entras con el frío pegado a la piel,
con la cabeza llena,
con el alma cansada.
Te quitas el abrigo.
Notas el calor de una taza entre las manos.
Respiras.
Y algo —no sabes muy bien qué— empieza a ordenarse.
No hay explicaciones pendientes.
No hay urgencia.
A veces ni siquiera hay palabras.
Y, sin embargo, pasa.
Pasa que te calmas.
Pasa que te sostienes.
Pasa que vuelves a ti.
Durante mucho tiempo creí
que lo valioso era lo constante,
lo que permanece,
lo que no falla.
Ahora sé
que también existe otro tipo de vínculo.
Más libre.
Más intermitente.
Más difícil de nombrar… pero igual de necesario.
No es una historia lineal.
No tiene principio claro ni final cerrado.
Es, más bien, como un río que desaparece
para volver a aparecer,
sin dejar de ser río en ningún momento.
Y quizá ahí está su verdad.
En no exigir.
En no retener.
En no pedir explicaciones para volver.
Porque hay encuentros que no construyen una vida…
pero sostienen momentos
que, de otro modo, se caerían.
Y eso también importa.
Mucho.
Como escribí una vez,
Nuestra amistad es como el Guadiana:
aparece, desaparece…
y en ese ir y venir
ha aprendido a quedarse.
Hay refugios que no tienen dirección…
pero siempre sabes cómo volver.
@SoniaGama65


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