Capítulo VII – París, 1959. El jueves de Rîve Gauche


 Hay cosas que no se aprenden en ningún entrenamiento. Por ejemplo, cuándo un hombre que acaba de cenar contigo lleva tres horas muerto en el río.

Eso lo descubrimos el viernes por la mañana. Pero empecemos por el jueves.

* * *

El hôtel particulier de Rîve Gauche no tenía nombre en la fachada. Solo una placa de bronce con un número, el 14, y una aldaba en forma de cabeza de león que alguien había pulido esa misma tarde. Lo noté porque todavía brillaba cuando llegamos.

Alondra llevaba un abrigo beige, discreto, de esos que no llaman la atención, pero cuestan lo que no te puedes permitir si eres secretaria. Yo reconocía el peso de sus pasos: iba tensa. No de miedo, sino de concentración, que es lo mismo, pero más peligroso.

La reunión discreta que Delacourt había mencionado entre copas en el Lutetia existía de verdad. Alondra lo sabía desde aquella noche. El Cuervo también. La pregunta era quién había decidido que ella debía estar allí sin haber sido invitada.

Entramos por la puerta de servicio. Un hombre con delantal nos esperaba sin preguntar nada. Eso ya era, en sí mismo, una respuesta.

Nos condujo al salón principal que olía a madera encerada y tabaco caro. En él doce hombres se sentaban alrededor de una mesa larga. Sin mujeres, sin micrófonos visibles, sin actas. Alondra ocupó un lugar junto a la pared, detrás del representante inglés, con el bloc en la mano y la mirada baja. La intérprete. El mueble que habla.

Eso era exactamente lo que necesitaba parecer.

Durante cuarenta minutos, Alondra tradujo sin levantar los ojos. Carbón. Rutas de transporte. Compromisos de silencio sobre ciertas operaciones en el Este. Yo seguía su pulso en cada cambio de postura, en la presión que ejercía sobre mí cuando algo le interesaba o cuando detectaba una mentira. Técnica que ya conocía bien.

Y entonces, en un momento en que dos franceses discutían por una coma en un documento, el representante inglés se inclinó hacia el alemán que tenía a su izquierda y dijo algo en voz muy baja. No para Alondra. No para nadie que no fuera él.

Pero ella estaba ahí.

—Rádek ya no es un problema.

Seis palabras.

El talón de Alondra se clavó contra mí con una fuerza que no tenía nada que ver con mantener el equilibrio. Rádek. El periodista de Praga al que ella había elegido no eliminar. El que llevaba las pruebas de los abusos del propio servicio. Aquellas pruebas que ella había guardado en mi tacón izquierdo, el escondite más seguro, aquella noche en la estación de Praga.

Alondra no cambió de expresión. Siguió traduciendo. Pero el peso de su cuerpo sobre mí cambió por completo. Ya no era concentración. Era rabia contenida.

La reunión terminó a las diez y media. Los hombres se dispersaron con la lentitud de quien no tiene prisa porque el mundo ya había decidido lo que tenía que decidir. Alondra recogió el bloc, guardó el bolígrafo, dio las gracias al inglés con una sonrisa breve y correcta, y salió al pasillo.

Fue entonces cuando lo vio.

Al fondo del corredor, junto a una puerta que daba al patio interior, estaba Delacourt. No el Delacourt del Lutetia, con el champán aflojándole la lengua. Este Delacourt era otro: rígido, con el cuello tenso, hablando en voz baja con un hombre que no había estado en el salón. Un hombre con un abrigo gris.

No necesitamos más. Era él. El mismo de Viena. El mismo de Estambul. El mismo del andén de Friedrichstraße.

Alondra siguió caminando hacia la salida con el mismo paso de siempre, usando el reflejo del espejo del fondo del pasillo para mirar sin mirar.  Pero los espejos a veces también delatan y el hombre del abrigo gris también la vio.

La calle estaba casi vacía. Un taxi cruzó despacio, sus ruedas sobre los adoquines mojados hicieron ese ruido sordo que tiene París cuando llueve sin que nadie lo note. Alondra giró a la derecha, hacia el Sena. Sin correr, porque correr llama la atención. Pero el ritmo de sus pasos se aceleró sin querer, sin duda, una pequeña traición del cuerpo cuando el instinto sabe algo antes que la mente.

La calle se estrechaba. Las farolas eran escasas. Detrás de nosotros, dos pares de pasos. Uno con suela dura, el otro más silencioso, lo que significaba que el segundo era el peligroso.

Alondra no miró atrás. Metió la mano en el bolso. La pistola iba desmontada, como siempre, porque pasar un control con un arma ensamblada era una invitación al desastre. Necesitaba treinta segundos y una esquina. No los tuvo.

El primer hombre la agarró por el brazo derecho con una fuerza que pretendía ser definitiva. Pero Alondra giró hacia él en lugar de alejarse, que era lo que no esperaba, y le clavó el codo en la cara con toda la sinergia del giro. El crujido fue limpio y el hombre la soltó.  Pero el segundo ya estaba encima.

No era como en Estambul, donde el caos del bazar le había dado margen. Aquí era una calle estrecha, de noche, sin testigos, y ese hombre sabía lo que hacía. La empujó contra la pared de piedra y yo rasqué el adoquín cuando Alondra intentó mantener el equilibrio.

Entonces apareció la navaja. No era grande. Las navajas de trabajo nunca lo son.

Alondra usó el bolso como escudo. Es una estupidez táctica, salvo cuando dentro llevas una pistola desmontada con suficiente peso para desviar una hoja. La hoja se desvió, pero el bolso no sobrevivió del todo. Ella sí. Se apartó hacia el centro de la calle mientras el primer hombre se levantaba, con sangre en la boca y esa expresión de quien todavía no siente el dolor, pero ya siente la humillación, que es cuando los hombres hacen las cosas más impredecibles.

Fue entonces cuando los faros de un coche nos iluminaron a los tres.

El coche frenó en seco y la puerta se abrió antes de que terminara de detenerse.

—Entra —dijo una voz de hombre conocida,Lennox.

Los dos hombres echaron a correr hacia distintos portales. Un coche con testigos complica los trabajos de este tipo. Cuando Alondra entró en el coche ya estaba en marcha.

Durante un largo minuto Alondra no dijo nada. Respiraba con esa cadencia forzada de quien controla exactamente lo que muestra. Yo notaba el temblor en su pie, ese que no tiene nada que ver con el frío.

—¿Cómo sabías dónde estaba? —dijo al fin.

—No lo sabía —respondió Lennox—. Sabía dónde iba a estar el problema.

Alondra lo miró.

—Rádek está muerto.

Lennox no respondió de inmediato, y eso ya era una respuesta.

—Lo he sabido esta tarde —dijo—. Accidente en el Moldava. La versión oficial.

—¿Y la otra versión?

—No hay cuerpo todavía. Pero los métodos coinciden con los de Berlín.

Berlín. El científico alemán. Los nombres que llegaron a Ginebra. Los que Lennox había dicho que serían seleccionados, con esa palabra tan limpia para algo tan sucio.

Alondra miró por la ventanilla. París pasaba a oscuras, indiferente.

—¿Lo ordenó El Cuervo?

—El Cuervo nunca ordena nada directamente —dijo Lennox—. Eso ya lo sabes.

—Lo sé —dijo ella—. Y también sé que esta noche, en esa reunión, el inglés dijo que Rádek ya no era un problema. Antes de que nadie lo supiera oficialmente.

El silencio en el coche fue de los que pesan.

—Alondra…

—No. —Le cortó—. No me digas que me avisaste. No me digas que Europa necesita sacrificios. Ya sé todo eso. Lo que quiero saber es cuándo decidieron que yo también podía ser prescindible.

Lennox aparcó en una calle cerca del Jardín de las Plantas, y apagó el motor.

—Hace tres semanas —dijo—, alguien en Londres recibió un aviso sobre ti. No de nosotros. Pero transcendió a la agencia. El Cuervo quería eliminar del mapa a una de sus espías porque empezaba a cuestionarse los encargos.

Alondra no se movió.

—Tres semanas…y ¿piensas que esa espía soy yo?

—Sí, mencionaron tu nombre —dijo Lennox, sin adornos—.  Eso es todo lo que puedo decirte por el momento.

Nos dejó frente a la pensión donde nos alojábamos, un par de calles más allá del Lutetia. Moqueta gastada, una llave de metal que pesaba más de lo necesario. Alondra entró sin encender la luz.

Se sentó en el borde de la cama y estuvo así un largo rato, quieta. Luego abrió el bolso destrozado, sacó las piezas de la pistola y las ensambló despacio, con la concentración de quien tiene las manos ocupadas para no pensar demasiado en lo que piensa. Cuando terminó, dejó el arma sobre la mesilla. Encendió un cigarrillo.

Yo descansaba en el suelo, con el tacón izquierdo intacto. Las pruebas de Rádek seguían allí dentro, en el hueco más antiguo. El periodista estaba muerto. Las pruebas, no.

Alondra lo sabía. Y eso, era exactamente el problema. Porque intuía que el Cuervo también lo sabía.

Esa noche no dormimos. Yo guardaba en mi tacón el último testimonio de un hombre muerto, y Alondra la decisión que todavía no había tomado, pero que ya estaba tomando.

Lo notaba en cada respiración, en la forma en que el cigarrillo se consumía sin que ella lo chupara, en el peso quieto de su pie sobre el suelo.

No sabía si el Cuervo movía las piezas o las creaba. Pero aquella noche, en París, en una habitación sin nombre, una de sus piezas había empezado a moverse sola.

Y eso no tenía solución limpia para nadie.

A dos calles de allí, alguien apagó un cigarrillo y marcó un número de teléfono en la cabina en la que estaba apoyado.

—Objetivo localizado.






@SoniaGama65

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