Gentil caballero: cuatro acrósticos para un amor a distancia
Una pantalla encendida a deshoras, la casa dormida y un correo que todavía no has abierto. Hay personas que entran en nuestra vida por esa puerta, la de las palabras, sin calle, sin mesa y sin fecha, y un día descubres que se han quedado.
Estos acrósticos nacieron de la mano de mi novela. Son cuatro maneras de decir Gentil Caballero y cuatro escalones de una misma historia: la amistad que se vuelve refugio, el refugio que se vuelve deseo, y el deseo que aprende a vivir sin tocarse.
I
Guardo entre mis palabras un rincón que lleva tu nombre,
Ese lugar donde el alma descansa cuando el mundo pesa.
Nunca hizo falta encontrarnos para sentirnos cerca,
Tan solo unas letras bastaron para acortar la distancia.
Imagino que hay personas que llegan sin avisar
Lentamente, casi sin hacer ruido, y terminan quedándose.
Cuando los días se vuelven grises, tu voz escrita los ilumina,
A veces basta una palabra tuya para devolverme la calma.
Bendigo esas conversaciones que nadie más conoce,
Aquellas confidencias que solo se entregan cuando existe confianza.
Leal compañero de mis silencios y de mis risas,
Lugar seguro cuando afuera todo parece demasiado.
Entre nosotros no hay promesas ni explicaciones,
Reside algo más sencillo y más hermoso: la certeza de estar.
Ojalá la vida sepa algún día cuánto bien pueden hacerse dos almas
que quizá nunca se han tocado, pero que aprendieron a encontrarse.
II
Guardo tu nombre en ese lugar donde se guardan las cosas importantes,
Ese que no necesita fotografías para recordar una sonrisa.
Nos bastaron las palabras para inventarnos una cercanía,
Tú desde tu mundo, yo desde el mío, encontrándonos en cada carta.
Incluso en los días en que todo parece ir a contracorriente,
Llega tu mensaje y algo dentro de mí vuelve a su sitio.
Creo que hay encuentros que no necesitan una calle ni una mesa,
Algunas personas se reconocen mucho antes de darse la mano.
Basta saber que al otro lado existe alguien que escucha,
Alguien que comprende incluso aquello que no sabemos decir.
La vida nos puso lejos, pero las palabras hicieron el resto.
Llegaste sin hacer ruido y te convertiste en refugio.
Entre tantas prisas, has sido ese lugar donde puedo quedarme un rato,
Respirar, sonreír y recordar que todavía existen las personas que cuidan.
Ojalá nunca se nos olvide la suerte de habernos encontrado,
aunque haya sido de esta manera extraña, hermosa y solamente nuestra.
III
Guardo algunas palabras tuyas como quien guarda un roce que no quiere olvidar,
Esos pequeños instantes en que la distancia parece equivocarse.
Nunca nos hemos dado la mano, y, sin embargo, a veces te siento cerca,
Tan cerca que casi podría adivinar el calor de tu presencia.
Imagino cómo sería encontrarnos una tarde cualquiera,
Lentamente, sin prisa, dejando que los silencios dijeran lo que callamos.
Curiosa es la vida, que puede acercar dos almas sin acercar dos cuerpos.
Algunas noches tus palabras tienen una manera especial de quedarse conmigo,
Bajando despacio la guardia que una aprende a levantar con los años.
A veces pienso que, si alguna vez estuviéramos frente a frente,
La primera mirada podría decir demasiado.
Luego quizá sonreiríamos, como si no supiéramos nada,
Evitando durante unos segundos aquello que ambos ya habríamos comprendido.
Reservándonos ese instante en que la cercanía dejara de ser imaginación
O se convirtiera, por fin, en esa clase de silencio que solo comparten dos personas que se han esperado sin saberlo.
IV
Guardo de ti cosas que jamás te he contado,
Esas que una mujer solo confía cuando sabe que al otro lado hay alguien que no juzga.
No sé en qué momento dejaste de ser unas letras en una pantalla,
Te convertiste, sin pedir permiso, en alguien a quien busco cuando necesito sentirme comprendida.
Intuyo que tú también conoces ese extraño lugar donde terminan mis palabras
Lo que queda después, cuando ya no hace falta explicar nada.
Con los años he aprendido que la cercanía no siempre necesita presencia,
A veces basta una voz que sabe cuándo preguntar y cuándo simplemente quedarse.
Basta una frase tuya para que el día cambie ligeramente de sitio.
A veces me pregunto qué ocurriría si un día nuestras palabras tuvieran cuerpo,
La mirada encontrara por fin a la mirada,
Las manos descubrieran aquello que durante tanto tiempo solo hemos imaginado.
Ese instante, seguramente, tendría algo de miedo y algo de milagro.
Recuerdo entonces que quizá lo más hermoso de nosotros sea precisamente esto:
Ocupar un lugar en la vida del otro sin haber necesitado siquiera tocarnos.
Si te ha gustado este amor a distancia entre dos personas que nunca se han visto, quizá te apetezca leer Besos de papel o Nuestra amistad es como el Guadiana. Y si lo que te ha enganchado es el juego de esconder un nombre en los versos, aquí tienes más acrósticos míos.
¿Alguna vez alguien se te ha vuelto imprescindible sin haberle visto nunca la cara? Y de estos cuatro, ¿con cuál te quedas: con el primero, que todavía disimula, o con el último, que ya no puede? Te leo en los comentarios.
Sonia G.Marín


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