Entradas

Mostrando entradas de octubre, 2025

Capítulo IV: El peligro de la obediencia ciega - Saga: Mi Sombra

Imagen
  Madrid. Barrio de Chamberí. El amanecer se derramaba sobre los tejados con el mismo silencio obediente de los días censurados. Llevaba meses sin sentir el pulso de la calle ni el temblor del peligro. Rodeado de mis compañeros comunes, que últimamente parecían tener más suerte que yo, pues salían cada día de su sueño de cartón. Aquella mañana, Alondra, como siempre, había llegado puntual a su oficina en la embajada británica. Trabajaba concentrada, la cabeza ligeramente inclinada, el cabello sujeto con una horquilla. Sus dedos bailaban sobre las teclas, traduciendo discursos y cartas para el agregado comercial. El muchacho del correo entró con su habitual torpeza, dejó sobre la mesa un fajo de documentos y se marchó sin levantar la vista. Entre los papeles asomaba una hoja con el sello grabado a fuego en tinta negra: el cuervo de alas abiertas. Bastó una mirada para reconocerlo. El Cuervo volvía a llamarla. Alondra no hizo gesto alguno. Solo acarició el borde del papel y lo escond...

Capítulo III - Berlín 1956: El eco dividido

Imagen
  Nuevamente, llevaba casi dos años en reposo, durmiendo en mi caja de cartón en lo alto del armario. A mi alrededor dormían zapatos comunes: de tacón gastado, de oficina, de cenas sin peligro. Yo no pertenecía a ese mundo. Fui hecho para vivir al límite, para marcar pasos que cambian destinos.  Aunque el polvo me cubría, estaba seguro de que la espera merecería la pena. Sabía que Alondra, aun en el retiro aparente, nunca dejaba de escuchar. Seguía en su discreto apartamento de Chamberí, con balcones que daban al rumor del tranvía y a las voces del mercado.  Cada mañana abría las ventanas, regaba las plantas y ponía la radio. Algunas tardes escuchaba su disco favorito de Edith Piaf, otras algo de Sonny Rollings, como si la música pudiera mantener al mundo sereno. Su vida diaria era ordenada, anodina a los ojos de cualquiera. Como secretaria en la embajada británica y ocasional intérprete, oía confidencias de ministros, filtraba discursos antes de que salieran a la luz. No...

Capítulo II: Sombras en el Bósforo

Imagen
Dos años de silencio. Dos años guardado en una caja de cartón bajo la cama de Alondra. Creí que la guerra había terminado para nosotros, que mi cuero se había secado para siempre. Pero aquella mañana algo cambió: sonaba en la radio un tango lento, casi apagado, de esos que encienden la piel. Para Alondra era una señal; para mí, el pulso del peligro volviendo a la vida. El timbre sonó tres veces, con un intervalo exacto de tres segundos. Nadie tocaba así salvo quien conocía las reglas no escritas de nuestro pequeño mundo. Alondra abrió sin decir palabra. El hombre del rellano no entró; solo deslizó un sobre negro bajo la puerta. El sello: un cuervo con las alas abiertas. El Cuervo. Ni una persona, ni siquiera una nación. Un símbolo. Una sombra eficaz nacida de las ruinas de la guerra, donde espías de países distintos obedecían a un mismo propósito: reunir fragmentos de verdad —mapas, nombres, rutas— que algún día cimentarían una Europa más fuerte, menos vulnerable. Alondra nunca pregunt...

Mi Sombra, el zapato de una espía: Prólogo - Capítulo I

Imagen
PRÓLOGO Viejo, gastado, errante. Así me vería cualquiera tirado en un armario. Pero guardo más historia en mi suela que muchos en toda su vida. Pertenezco a Alondra , mujer que recorrió el siglo XX con pasos firmes y silenciosos. Hoy está mayor, ajada, y sus recuerdos se dispersan como polvo en la luz. A veces sonríe sin saber por qué, a veces me mira como si intuyera que yo guardo lo que ella perdió. Porque yo no soy solo un zapato. Soy Mi Sombra , su talismán, sus pies en las huidas, su salvavidas en las persecuciones. Cada cicatriz que sufrí fue reparada con esmero: una costura reforzada en Lisboa, un tacón rehecho en Londres, un cuero lustrado en Viena. Ella nunca me reemplazó. Yo era más que un objeto; era su cómplice. En mis grietas se esconde la memoria de ciudades en guerra, de pasaportes falsos, de encuentros en cafés donde un leve roce significaba la diferencia entre la vida y la muerte. Yo la acompañé cuando nadie más lo hizo. Y ahora, cuando su mente ya no recuerda, me toca...