Capítulo IV: El peligro de la obediencia ciega - Saga: Mi Sombra
Madrid. Barrio de Chamberí.
El amanecer se derramaba sobre los tejados con el mismo silencio obediente de los días censurados.
Llevaba meses sin sentir el pulso de la calle ni el temblor del peligro. Rodeado de mis compañeros comunes, que últimamente parecían tener más suerte que yo, pues salían cada día de su sueño de cartón.
Aquella mañana, Alondra, como siempre, había llegado puntual a su oficina en la embajada británica. Trabajaba concentrada, la cabeza ligeramente inclinada, el cabello sujeto con una horquilla. Sus dedos bailaban sobre las teclas, traduciendo discursos y cartas para el agregado comercial.
El muchacho del correo entró con su habitual torpeza, dejó sobre la mesa un fajo de documentos y se marchó sin levantar la vista.
Entre los papeles asomaba una hoja con el sello grabado a fuego en tinta negra: el cuervo de alas abiertas. Bastó una mirada para reconocerlo. El Cuervo volvía a llamarla.
Alondra no hizo gesto alguno. Solo acarició el borde del papel y lo escondió entre las carpetas de protocolo. Cuando los demás salieron, lo sacó y leyó lentamente, en voz baja:
“Recepción en The Savoy, Londres.
Cuando el reloj marque las ocho, decir a Lord Pembroke: ‘The London fog makes the shadows disappear.’”
Ni instrucciones ni contexto. Solo la orden.
Esa noche me sacó de mi sueño, me limpió con un trapo húmedo, como quien afila un arma. Sus dedos se demoraron sobre mi cuero; la tensión temblaba en su piel.
—Volvemos a Londres —susurró.
Y yo comprendí que no sería un viaje cualquiera.
Al día siguiente viajamos en tren rumbo a Calais. El tren cruzaba la campiña francesa envuelta en escarcha. Alondra intentaba leer La caída de Camus, pero su mirada se perdía más allá de las páginas.
Yo podía sentir en su pie la tensión de un recuerdo: Londres, su adolescencia, los días en que acompañaba a su padre a las recepciones de la embajada española.
Entonces era una muchacha callada, curiosa, con una elegancia que aún no sabía que poseía. Observaba, escuchaba, comprendía sin que nadie lo notara. Londres había sido su hogar tiempo atrás, aunque parecía que hubiese sido en otra vida.
Una noche, en uno de aquellos salones, un hombre se acercó a ella y le dijo:
—Europa necesita ojos nuevos, señorita. Los que aún saben mirar sin miedo. Si busca la verdad —le había dicho—, entre donde las tapas de los libros guardan lo que no se puede leer
Aquella enigmática frase se le quedó grabada.
Fue allí donde todo comenzó. Recuerdo el perfume a cuero nuevo, embriagador y cálido como un abrazo inaugural. El betún deslizándose sobre mi piel, pulida a conciencia por manos expertas, el cepillo de cerdas suaves acariciándome con una ternura casi íntima, dibujando brillos y promesas sobre mi superficie. Mis suelas, vírgenes todavía, vibraron de expectación al cruzar el umbral de la trastienda de aquella pequeña tienda de encuadernadores en Boomsbury, donde nací para ser compañero, herramienta, sombra y secreto.
La tienda olía a papel y a oporto. Tras una pared falsa aguardaban los artesanos del silencio.
Ellos mostraron a Alondra mi diseño: resistente al frío, inmune a la humedad, flexible para la huida, con cuchillas en mis tapas y compartimentos secretos en mis tacones.
Ella sonrió. Ese mismo día me llamó Mi Sombra, porque sabía que yo la seguiría siempre pegado a ella, como su propia sombra.
Ahora, de nuevo, nos dirigíamos a Londres.
El ferry cruzaba la niebla densa de Dover. Alondra pensaba en el mensaje que debía entregar, en Lord Pembroke… y en Lennox.
Yo lo sabía: su recuerdo seguía allí, entre la piel y el temblor. Lennox, el hombre del MI5, el que miraba a través de todos los bandos, el que la comprendía más de lo que debía. En Berlín habían compartido una noche suspendida entre deseo y peligro, y desde entonces ella no lo había olvidado.
Al llegar a Londres, nos envolvió el aire húmedo. La ciudad seguía siendo la misma danzarina gris que la había formado.
Alondra llegó al Savoy envuelta en un abrigo oscuro, elegante y sin artificio.
El Savoy resplandecía bajo los candelabros, repleto de diplomáticos y empresarios con copas en la mano y secretos en la mirada.
Yo marcaba su paso entre alfombras y mármoles, reconociendo el compás del peligro.
Entonces lo vio al otro lado de la sala: Lennox.
Su figura erguida junto al piano, un vaso en la mano, la mirada que no había olvidado desde Berlín.
Cuando sus ojos se cruzaron, no hubo palabras, solo una corriente muda, densa, que atravesó el salón como una descarga.
Alondra debía concentrarse, encontrar a Lord Pembroke, pronunciar la frase, cumplir la misión. Pero la presencia de Lennox era una grieta en su voluntad.
Cuando la orquesta cambió a un tema lento, Alondra aceptó la copa de un diplomático, fingió interés en la conversación y, al pasar junto al hombre de las condecoraciones en la solapa —Lord Pembroke—, se inclinó con una sonrisa, justo cuando el reloj marcaba las ocho en punto.
Sus labios rozaron sutilmente el oído de Lord Pembroke:
—The London fog makes the shadows disappear.
El código estaba entregado.
El hombre asintió, sin un gesto más, y se alejó entre el humo del tabaco de la sala.
Lennox, al otro lado de la sala, lo había visto todo.
Cuando la música cambió, se acercó a Alondra.
—¿Qué acabas de decirle? —susurró, sin dejar de mirarla.
—Solo una frase —respondió ella, con la voz templada.
—No sabes lo que significa.
—No necesito saberlo.
—Eso es lo que me asusta de ti.
El silencio entre ellos fue más elocuente que cualquier confesión. Ella sonrió, y la tensión se hizo deseo. Nos alejamos juntos del Savoy al apartamento de Lennox.
La niebla de Londres nos envolvió como un manto cómplice. En su apartamento, los relojes callaron. Solo se oía el latido entre ellos.
Yo caí junto a la puerta, y desde allí vi cómo la piel se convertía en lenguaje.
No hubo promesas, solo un instante donde el deseo y la rendición fueron la misma cosa.
Por primera vez, Alondra parecía humana, frágil, viva.
Y yo, a sus pies, guardé ese secreto.
Pero el amanecer trajo órdenes más duras que el amor. Lennox recibió un dossier del Security Service: el mensaje transmitido en la recepción era una instrucción de eliminación interna.
No sabía a quién iba dirigida, pero las líneas invisibles apuntaban hacia Alondra Morente.
Alondra ya no se encontraba en su apartamento. Con la primera luz del día había ido a su pensión a recoger sus cosas para tomar el tren de vuelta a España.
La noche anterior no se habían prometido nada, pero Lennox no podía quedarse de brazos cruzados ante aquella revelación. Rompió el protocolo y salió en su búsqueda.
La encontró en la estación, justo antes de coger su tren a Dover.
—Te quieren fuera, Alondra.
Ella lo miró, sin entender nada.
—¿Fuera de qué?
—De todo.
Sonrió, sin miedo.
—Entonces aún no me conocen.
El jefe de estación tocó el silbato y ella subió sin mirar atrás. Yo sentí el temblor de su paso y el frío del metal bajo mi suela.
El tren avanzaba hacia el sur, devorando la niebla. En el compartimento, Alondra sostenía pensativa el papel con el sello del Cuervo.
Realmente no comprendía nada. ¿Qué más quería el Cuervo de ella? Siempre había ejecutado sus órdenes sin cuestionarse nada… y ahora.
Entonces, como una revelación, bajo la tenue luz de su habitáculo, descubrió una línea escrita con tinta casi invisible:
“La próxima misión decidirá tu lugar en la historia.”
Sentí cómo se le erizaba la piel. Su respiración se volvió más lenta, más fría.
Yo, fiel y silencioso, la abrigué con mi calor de cuero.
Al fin comprendí:
ni la lealtad ni el amor sobrevivirían intactos.
@SoniaGama65




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