El primer día cuando llegué encontré en la arena dos corazones encadenados formados por las huellas de sus patitas. Eran dos corazones perfectos, cuando me agaché para verlos más de cerca advertí que sus huellas en sí también tenían forma de corazón, un corazón partido como el mío. El mar estaba en calma, tranquilo, apenas un leve susurro de las olas al romper en la orilla interrumpía mis pensamientos. Había recorrido más de mil kilómetros para escapar de mis demonios y ahí me encontraba yo, sola, rodeada de arena, mar y aire con multitud de corazones rotos a mis pies que me recordaban mi propia tragedia. Había recorrido tantos kilómetros queriendo olvidar aquella fatídica tarde, aquel accidente, pensé que el sur con su luz, su claridad cubriría mi dolor y conseguiría volver a ser yo. Pero ahí estaba frente al enorme océano, sola con mis pensamientos y mis recuerdos echando de menos cada segundo más y más su presencia, sus palabras, sus besos. Cerré los ojos y c...