Queridos hermanos: relato de duelo en Todos lso Santos
El viernes acabamos tarde, con la mesa llena de copas y una sobremesa que se alargó como hacía tiempo que no pasaba. Unos amigos habían venido de París y esa fue la excusa, la que necesitamos los que vivimos en Zaragoza para quedar de una vez, porque el día a día nos arrastra, como yo digo, y nos vamos encerrando en lo cercano hasta que apenas dejamos tiempo para lo que de verdad importa, que casi siempre es sentarse a una mesa con la gente a la que quieres.
Fue una noche de las buenas, de esas en las que se ríe mucho y se habla de todo, y todavía brindamos una vez más cuando nos contaron que su hija, que se casó en julio, está esperando un niño. La vida venía de camino y nosotros lo celebrábamos sin saber que al día siguiente nos iba a tocar despedir otra.
El sábado por la mañana, con la cabeza aún sin despejar del todo, sonó el teléfono. Era el hermano de mi primo José Luis para decirme que estaba muy grave y que, si queríamos despedirnos de él, teníamos que subir cuanto antes al hospital.
Sabía que ese momento iba a llegar, porque era una muerte anunciada desde hacía dos años y medio, cuando le diagnosticaron un cáncer de pulmón en estadio IV pocos meses antes que a mi hermano, José Manuel. A mi hermano la enfermedad apenas le dejó dos meses, y uno de ellos ya muy deteriorado; a mi primo, en cambio, le dio un margen que supo aprovechar como pocos, viajando y haciendo planes con su pareja, con tratamientos que unas veces le iban mejor y otras peor, con sus días buenos y sus días malos, pero con vida suficiente para ir despidiéndose de ella con calma.
Subí al hospital con mi madre y con mi hija pequeña. No sé cuánto tiempo estuvimos allí, quizá una hora, quizá dos, pero sé que, a pesar del respirador y del dolor, supo que habíamos ido a despedirnos.
Le dije: “Te quiero mucho”. Lo otro me lo guardé: “Dale a mi hermano un fuerte abrazo de mi parte y dile que le seguimos pensando y queriendo”. Me pareció injusto hacerle un encargo así a alguien que sabía que se estaba apagando, y tres horas después, cuando su hermano volvió a llamarme para decirme que había muerto, lo primero que sentí fue no habérselo dicho.
Lo enterramos el 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos, como si hasta el calendario hubiera querido tener un detalle con él. Sobre el ataúd había una foto suya sonriendo, con una copa de cerveza en la mano, brindando con todos nosotros, y parecía que nos estuviera diciendo: “Hasta la vista”.
Somos católicos, o por lo menos bautizados y creyentes a nuestra manera, así que la despedida fue una misa con un sacerdote que no lo conocía ni a él ni a nadie de la familia y que fue colocando, una detrás de otra, todas las frases hechas que se dicen en estos casos. Nada que ver con la despedida de mi hermano, que oficiaron dos amigos suyos sacerdotes y que fue preciosa.
Y, sin embargo, al principio de la misa casi se me escapa la risa. Imaginaos la escena: un sacerdote con un ligero deje de seseo que abre la ceremonia diciendo “Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para despedir a nuestro querido hermano José Luis”. Mi primo y mi hermano eran los que animaban las cenas de Nochebuena y Nochevieja con sus chistes y sus puestas en escena, y ese “Queridos hermanos” era una de sus imitaciones de siempre, así que en ese momento me los imaginé a los dos juntos, partiéndose de risa con aquella misa y jaleando al cura, y fue la imagen más bonita de todo el fin de semana.
Para su pareja estos días estarán siendo muy difíciles, y lo seguirán siendo durante mucho tiempo, porque así es para cualquiera que pierde a alguien a quien ha querido como a sí mismo. En poco más de dos años se me han ido tres personas jóvenes y muy cercanas: mi hermano, con 62 años recién cumplidos; mi amiga Carmen, con 66, y ahora mi primo, con 65. Dicen que hoy la esperanza de vida es muy alta, pero cuando te tocan estas pérdidas el mundo se vuelve más frío, más antipático, más áspero.
Aun así, cada vez que pienso en ellos no veo el hospital ni el ataúd, sino a mi primo con su copa de cerveza levantada y a mi hermano a su lado, los dos riéndose de un cura que no los conoce, y entonces pienso que el encargo que no me atreví a hacerle tampoco hacía falta: ese abrazo ya se lo habrán dado ellos solos.
¿Y tú? ¿Qué encargo le habrías hecho a alguien que se iba?
Sonia G.Marín


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