Por si vuelve la luz: relato íntimo de amor y esperanza
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| Imagen realizada con IA |
Esa noche él dejó su mano sobre el mantel, con la palma hacia arriba, abierta como una pregunta, esperando a que la mía se posara en ella. Yo hablaba, por primera vez decía en voz alta lo que llevaba tanto tiempo callando, y las palabras me salían solas, una detrás de otra, como si llevaran años haciendo cola. A él se le iban humedeciendo los ojos, y yo, que era la que contaba, la que había vivido cada una de aquellas frases, las oía salir de mi boca como quien escucha la historia de otra.
No fue una liberación. Fue pudor, y un «ya me da igual», y un «ya salí de esto sola como para que ahora venga nadie a consolarme». Su mano seguía allí, esperando, y mientras yo hablaba, mi cabeza me lo dijo bien claro: nunca has necesitado a nadie para salir de tus problemas, y no vas a empezar ahora.
Así que no la cogí.
Y no fue por dureza. Fue porque mi corazón, ese que antes bailaba descalzo como una niña en una verbena, sin miedo a nada, con los bolsillos llenos de amor para dar y la esperanza intacta de recibirlo, vive ahora detrás de un muro de piedra gris que levantó él solo, piedra a piedra, cada vez que se rompía y tenía que volver a recomponerse. Lo oigo latir ahí dentro, obediente, porque sabe que tiene que latir, pero ya no se fía de otros corazones ni espera que nadie venga a derribar nada.
Le da miedo la luz. Sabe que, si se cuela por una sola rendija, querrá salir detrás de ella, y se ha roto tantas veces que no está seguro de poder recomponerse una vez más. Y ahí está la señora mente, tan sensata, asintiendo, diciéndole que se quede quietecito, que así está bien, mientras yo siento ese muro cada día un poco más pesado en el pecho.
Porque lo que la mente no sabe, o no quiere saber, es que detrás del muro mi corazón sigue esperando. Sigue creyendo que todo esto pasará, que nada de lo que vio y oyó era verdad, que un día la vida le devolverá la alegría que le quitaron.
Yo no necesitaba aquella mano. No necesitaba consuelo ni apoyo. Necesitaba el amor que alguien en quien confiaba me robó, y con él a la persona a la que yo habría seguido hasta el fin del mundo, que se fue alejando del centro de mi vida y ahora da vueltas por sus bordes, como un planeta que ha olvidado su sol.
Y yo sigo aquí, en el centro, donde empezó todo, con el corazón latiendo detrás de su muro, por si un día se da cuenta de que siempre fui yo. Su amiga, su amante, su mujer, su compañera. La que dejó una rendija abierta en la piedra, por si vuelve la luz.


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