Las lentejas de mi madre: el sabor de la cocina de siempre
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| Imagen creada con IA |
Hoy me he comido las lentejas que hizo ayer mi madre y, nada más probarlas, he vuelto a darme cuenta de que, como tantos otros guisos suyos, nunca conseguiré copiarles el sabor.
Últimamente cocino yo más para mis padres que ellos para mí. Son los años, y no es solo una expresión, es la realidad. Con los noventa y dos años que tiene mi madre, eso de cocinar ya le da pereza, pero lo que hace todavía conserva ese sabor exquisito que inmediatamente me lleva a mi niñez, a los años en que vivía con mis padres.
Su especialidad siempre han sido las manitas de cerdo, aunque ahora, cuando decide cocinarlas, primero me pregunta cómo las hacía, que no sabe si se acuerda bien de todo lo que les ponía. Y yo se lo digo, porque hace unos años tuve la precaución de preguntarle por esa y por otras recetas suyas y de apuntarlas en una libretita, sin saber entonces cuánto iba a agradecer tenerlas guardadas ahí y no solo en la memoria. Le doy la receta y luego ella hace la magia.
Su magia consiste en realzar el sabor de los platos, en que, cuando los comes, disfrutas tanto de ese momento que te olvidas de lo que te rodea.
—Cómete todas las manitas de cerdo, que están muy buenas, tienen mucha gelatina y eso es estupendo para los huesos —me dice siempre.
Y yo, naturalmente, me las como.
O me llama y me pregunta:
—¿Quieres que te guarde lentejas, que voy a hacer mañana?
Por supuesto, ¿cómo no iba a querer? Reconozco que las mías, aunque les eche los mismos ingredientes, no tienen ni su textura ni su sabor, ese toque que solo ella sabe darles. Las pone a remojo la noche anterior, sofríe los daditos de patata y la cebolla finamente cortada junto con el chorizo en generosos trozos y la costilla de cerdo, y cuando las pone a cocer en la olla les añade una tacita de arroz y el jamón.
Ese es el truco, pero la magia viene después, cuando las pruebas y sientes cómo todos esos ingredientes realzan el sabor de una legumbre tan humilde, cómo después de la primera cucharada ya no puedes dejar de comer otra, y otra, y otra, hasta que dejas el plato limpio, con los escasos restos de caldo que han dejado las lentejas.
A estas alturas ya tengo asumido que nunca, nunca conseguiré que mis lentejas tengan ese sabor. Lo malo es que el listón está demasiado alto, así que ni las mías ni las del mejor cocinero sabrán nunca igual que las lentejas de mi madre.
Y no son solo las lentejas. He de decir que mi padre ha sido también un gran cocinero y en algunos platos ha dejado el listón igual de alto. Esos sabores siguen en mi memoria y, cuando pienso en ellos, no recuerdo solo cómo sabían, sino dónde estábamos, quién se sentaba a la mesa y todo lo que pasaba alrededor. Aquellas fogatas enormes que hacía mi padre los domingos en la barbacoa de la piscina…
—Tiene que haber buena llama y fuego para que luego queden buenas brasas y se haga bien la comida —decía.
Unas veces nos hacía rancho, otras migas, otras costillas, y cuando lo acompañaba con su famosa tortilla de patata podíamos pasar horas sentados a la mesa. Mis padres, mi hermano, mis tíos, mis primos, algún amigo, el novio o la novia de turno, toda la familia reunida, todos más jóvenes y sin preocupaciones.
Y qué curioso es el tiempo. Entonces no sabía que aquellos domingos se estaban convirtiendo en recuerdos, ni que un día una simple cucharada de lentejas sería capaz de devolverme a ellos.
¿Y tú? ¿Qué plato de tu madre tiene ese sabor que no has conseguido volver a encontrar en ningún otro?


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