Acróstico para Pilar: un relato para el 12 de octubre

Mis recuerdos van desde aquel banco en el paseo de Sagasta de Zaragoza, donde mi abuela Josefa nos llevaba de la mano a mi hermano, a mis primos y a mí, vestidos de baturros. Yo era la «niña» y la pequeña, una baturrica de unos dos años con un enorme moño, de cara alegre y regordeta, que seguramente no entendía nada de lo que estaba pasando y mucho menos por qué mi mamá me había vestido así, me había recogido el pelo y me había pintado coloretes en la cara.

El banco del paseo de Sagasta, con la abuela Josefa. Yo soy la del moño.

La primera vez que me vestí de baturra no sabía hablar. Mi madre, modista de profesión, me hizo el traje en sus ratos libres y a escondidas, y cuando llegó aquel doce de octubre vistió a mi hermano, que tenía ya cinco años, y le dijo a mi padre que lo subía a casa de Pilar, la vecina del tercero, para que viera lo guapo que estaba de baturrico.
En realidad, mi madre había dejado mi vestido de baturra allí la tarde de antes y me vistió en aquella casa. Al cabo de unos minutos, la vecina de enfrente llamó al timbre. Lógicamente, abrió mi padre, porque mi madre se suponía que estaba enseñándole el chico a Pilar. Esta vecina, Encarna, llevaba de la mano a una niña vestida de baturra y le dijo a mi padre:
—Manuel, ¿esta niña es suya?
—Qué va, si mi mujer se ha subido a casa de Pilar a enseñarle al chico, que lo ha vestido de baturro.
Pero la mujer insistió, porque mi padre ni siquiera se había molestado en mirarle la cara a aquella niña. Para él era imposible: su hija no tenía traje de baturra y además era mucho más pequeña que la que tenía delante. Claro que aquel moño me sacaba media cabeza.
La baturrica del moño. Con razón mi padre no me reconoció.
Pero Encarna volvió a insistir:
—¿Está seguro, Manuel?
Entonces mi padre le levantó la cara a la niña y con gran sorpresa se dio cuenta de que era yo, su hija. Yo no sabía hablar, pero reconocía mi casa, así que ni corta ni perezosa me metí dentro.
Luego mis padres nos bajaron a ver a la Virgen del Pilar y a llevarle unas flores como ofrenda por haberles dado la inmensa dicha de tener esos dos preciosos hijos.
Desde entonces no he fallado ni un solo año en llevarle mis flores, año tras año, dándole las gracias porque un año más es posible volver a llevarle mi ofrenda.
Con los años he conocido a muchas mujeres que se llamaban Pilar: vecinas, amigas, conocidas. Todas tenían algo en común, eran mujeres fuertes, de las que sostienen las casas sin que nadie las nombre. Y todos los años, desde que tenía quince, mantengo una curiosa tradición: cada doce de octubre escribo un nombre de mujer en vertical y una línea al lado de cada letra.
El primero fue para mi querida vecina Pilar. Y sí, otra Pilar, porque cuando construyeron el edificio de al lado nos mudamos y allí volvió a haber una, que en Zaragoza siempre hay otra Pilar. Una mujer fuerte, alegre y valiente, que vivía justo en la puerta de al lado. Para mí fue como una abuela, entrañable y siempre pendiente de todos. Me compraba tortitas de anís, incluso después de haberme casado.  Si cuando me las traía no estaba en casa me las dejaba colgadas en una bolsa del pomo de la puerta.
A ella le escribí su nombre en vertical que decía:

Provocas sueños en quien te mira
Inolvidable y valiente eres
Libre tu corazón y tu pensamiento
Apasionada como las olas cuando abrazan la orilla
Risueña… como si escondieras un secreto

Ella murió hace ya unos años. Terminó sus días con la mente nublada, pero su mirada, perdida en el infinito, reflejaba la alegría que siempre nos regalaba.
Tengo la suerte de que mi madre es amiga de su hija, otra Pilar luchadora e increíble.
Hay nombres que no se terminan de escribir nunca.
¿Y tú, qué nombre escribirías en vertical? Déjamelo en los comentarios y a lo mejor el próximo acróstico es el tuyo.
Sonia G.Marín






Desvelos de intidimad

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una amistad virtual

Mi mesilla de noche

Homenaje a mi querida amiga Carmen "Tú sigues aquí"