Cartas que no necesitan piel









En este nuestro rincón,

donde el silencio tiene nombre

y la distancia se disfraza de palabra,

te espero.


No en la carne —que no conoce tu tacto—,

sino en esa orilla de letras

donde aprendimos a rozarnos sin tocar.


Hay días en que tus correos me acarician el alma

con más precisión que cualquier mano.

Otros, me rozan con la tristeza de lo que no se dice,

Como una despedida que aún duda si irse.


Nos hemos contado derrotas y alivios,

rencores y madrugadas,

hemos hecho del correo

un cuerpo que respira entre líneas.


Tu voz llega como una estación distinta,

con primaveras que florecen entre bandejas,

y veranos que regresan cálidos de recuerdo.

Yo te respondo con palabras

que buscan sostener, no poseer,

como quien enciende una lámpara en la distancia.


Sé que tus frases saben a café y espera,

que mi escritura tiembla en tu lectura,

y que entre nosotros vive esa llama tranquila

que calienta sin quemar.


Bella dama, me llamas.

Y yo me reconozco en ese título que me inventa,

porque solo en tu voz escrita

mi alma recuerda su nombre.


Si algún día el destino se atreve,

que nos encuentre así:

con la ternura despierta,

con la memoria ya tocada,

con la complicidad intacta.


Porque hay afectos

que no necesitan piel ni promesa

para seguir siendo verdad.


Y mientras el tiempo nos escribe,

seguiré esperándote en las palabras,

allí donde nada duele

y todo —de alguna forma—

permanece.


@SoniaGama65



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