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Mostrando entradas de febrero, 2026

Capítulo VI – París, 1959

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París me recibió con un suelo amable. El parquet encerado del Hôtel Lutetia amortiguó mis tacones con cortesía, de esas que no hacen ruido, pero se notan en cada paso. Era un salón privado, reservado para encuentros que no necesitaban rótulos ni prensa. Se trataba de una reunión de trabajo, de esos que empiezan tarde y se prolongan lo suficiente como para que nadie tenga prisa. Alondra —Elena Vargas en aquella mesa— ocupaba su lugar con la serenidad de quien sabe que sitio debe ocupar. La espalda recta, las manos tranquilas, la mirada atenta. No había tensión en su cuerpo. No hacía falta. Había venido a trabajar como intérprete de la delegación inglesa. Eso era todo, en un principio. Yo descansaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, atento al pulso que me llegaba desde su pie. Era firme, estable, profesional. París no exigía cautela, permitía respirar. La mesa estaba dispuesta con elegancia discreta: manteles claros, copas alineadas, carpetas cerradas con cuidado. A su alrededor, l...

Volviste

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Volviste Y me odio por ello Jugamos  Y me dejé perder Te odio y te deseo Me atrae tu juego Pero me vuelves loca Vete, déjame Pero quédate cerca Por si duele el camino @SoniaGama65

Capítulo V – Praga, 1959. Las dos verdades

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Nos encontrábamos en el café Slavia.  Dentro, el aire era espeso; una mezcla de café recalentado y humo viejo atrapado en las cortinas hacía difícil respirar hasta que uno se acostumbraba. Alondra lo esperaba junto a la ventana, de espaldas al río. Recta. Serena. Intocable. Yo, Mi Sombra, reposaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, escuchando el murmullo de las cucharillas y el crujir de los periódicos. Afuera, el Moldava arrastraba su corriente gris bajo un cielo inmóvil. Llevábamos tres días en Praga. La misión, según el Cuervo, era simple: contactar con Jan Rádek, periodista del Lidové noviny, sospechoso de traficar con información sobre científicos refugiados en Occidente. La versión oficial decía que Rádek vendía nombres al bloque soviético. La versión no escrita —la que el Cuervo enviaba entre líneas— aseguraba que era él quien filtraba los abusos del propio servicio. Dos verdades.  Y una sola orden: “Eliminar el riesgo.” El Cuervo nunca explicaba a quién considerab...