6 de enero de 1959 - Un regalo de reyes inesperado
Madrid amaneció con una luz especial aquel seis de enero. Alegre de una forma contenida, casi tímida, como si la ciudad se permitiera sonreír solo por unas horas. En Chamberí, los niños habían tomado las aceras. Salían de los portales aún con el abrigo mal abrochado, arrastrando muñecas con carritos nuevos, enseñando balones de cuero reluciente, haciendo sonar timbres de bicicletas recién estrenadas. Algún patinete chirriaba al girar, orgulloso de su primer paseo. Las madres los apremiaban hacia la misa de Reyes, pero ellos se resistían, querían que el mundo viera lo que había llegado de Oriente. Alondra caminaba entre ellos. Yo sentía su paso más lento, menos calculado. No había misión, no había consignas. Solo ese ruido limpio de la infancia que no teme ser vista. Sus labios se curvaron en una sonrisa breve, casi sorprendida, como si aquella alegría le recordara algo que había olvidado sin darse cuenta. Por un momento, no fue espía. Fue mujer atravesando una mañana luminosa. Alondra ...